Curso 2017 "Formación Interdisciplinaria en Violencia Familiar"

Comienzo:
Jueves 3 de Agosto
a las 18.30hs
Del Maltrato Infantil a la Violencia Conyugal
2º Curso de Formación

Comienzo:
Martes 8 de Agosto
a las 18.30hs
Vivencias y testimonios sobre violencia familiar
TEMARIO vivencias CURSOS ACTIVIDADES
Rosana Galiano: Cuando la diferencia de
edad es un factor de riesgo

Por Gabriela Barcaglioni

El femicidio de Rosana Galiano (29) vuelve una vez más las cámaras, los flashes y los micrófonos sobre la violencia contra las mujeres. Entre la vorágine de declaraciones, la incontinencia verbal del viudo, y los datos sin conexión, las edades de ella y de él abren la puerta a algunos interrogantes: ¿la disparidad de la pareja puede incidir en los niveles de violencia?¿por qué cada vez son más jóvenes las víctimas de femicidios?

Daniela Araujo tenía 16 años y convivía con un hombre de 30 años, principal sospechoso de su muerte; María Cruz Perilio tenía 17 años cuando fue asesinada por Roberto Galeano de 31 años; Romina Montiel 19 años cuando fue golpeada hasta la muerte por su novio de 33 años; y Ana Cecilia Barraza 21 años cuando su concubino Bernardo Pastorino de 65 dijo que se había suicidado, sembrando la sospecha de su mamá que no creyó que hubiera empuñado un arma con su mano derecha porque era zurda.

Un dato aparentemente banal, la relación entre la edad del victimario o principal sospechoso de algunos femicidios y la edad de las víctimas, puede convertirse en una variable de análisis, un elemento a considerar si la intención es superar el sensacionalismo que generalmente prima cuando de ellos se habla.

Sin embargo, la conducta violenta nunca responde a una única causa y que la violencia contra las mujeres es un problema que no reconoce fronteras; un hombre violento, al igual que las mujeres violentadas, puede pertenecer a cualquier grupo social, nivel económico o educativo, practicar cualquier religión, tener profesiones y ocupaciones varias y ninguna en forma aislada es desencadenante de la violencia.

La edad de las víctimas y los victimarios es un dato significativo. Ya lo planteábamos en notas anteriores con respecto a las mujeres, al decir que el intervalo de edad donde mayor número de femicidios se registraban era entre las mujeres de 15 a 24 años (en el 2007, casi el 34 por ciento de las víctimas tenía esas edades; también en este intervalo se concentraban la mayor parte de los 197 femicidios -31 por ciento- registrados entre el 2004 y los primeros seis meses del 2007). Datos que coinciden con registros de otros países como Chile y España.

El interrogante apunta a preguntarse si la disparidad en la edad de las personas que establecen una relación puede incidir sobre los niveles de violencia.

En las Jornadas del Foro de Psicoanálisis y Género (3 septiembre de 2000) el psicoanalista Norberto Inda planteó la correlación entre género, edad y ciertas modalidades de apareamiento, deseadas y realizadas. En esa oportunidad calificó a las vinculaciones entre género y edad como “emblemáticas -o carriles- de poder”.

Toda relación violenta supone un ejercicio de poder, un sometimiento de aquella persona que se cree superior, más fuerte, más inteligente, mejor, sobre aquella a la que considera inferior.

La diferencia se convierte en jerarquía y en posibilidad de sometimiento. En tal caso, podría analizarse si el hecho de que un hombre que dobla en edad a su novia, compañera, o esposa intensifica el modelo de subordinación y dominación.

Hay otra posible lectura que aparece al observar los modelos de masculinidad imperantes, aquellos que han sido producto del patriarcado. Una matriz que presenta la realidad como dualista, que enfrenta emotividad con racionalidad, protección con desvalimiento, donde la imagen de los sexos es una construcción, caracterizada por la polarización, la jerarquización y la complementariedad.

Ser hombre, al menos en nuestra sociedad, en nuestra cultura, implica proceder de cierta manera, se construye lo masculino y lo femenino a partir de ciertos estereotipos. En Hombres Violentos Mujeres Maltratadas, Graciela Ferreira enumera una serie de características que, según afirma, diferencian por oposición a hombres y mujeres y “se integran a la personalidad como un conjunto de rasgos adquiridos por aprendizaje desde la época más temprana de la vida” y que se repiten “automáticamente cuando a alguien le preguntan cómo son los hombres y las mujeres”. Tal operación, continúa diciendo, “fuerza la oposición y la diferenciación extrema entre hombres y mujeres”

Así resulta que los hombres son considerados activos, fuertes, independientes, volcados al mundo exterior, estables, autónomos, valientes. Por lo contrario las mujeres son generalmente definidas como pasivas, débiles, dependientes, sumisas, complacientes, sentimentales.

La identidad social del varón se forma alrededor de estereotipos de fuerza, agresividad, dominio, rigidez o autoritarismo que determinan la forma en que se relacionará ejerciendo control sobre otras personas, especialmente sobre las mujeres.

Aunque la salvedad está hecha, conviene reiterarla, no hay generalizaciones posibles.

A la pregunta ¿por qué una mujer más joven? la primera respuesta puede vincularse con el hecho de que da prestigio, connota virilidad conquistar a una mujer más joven.

“Aunque la masculinidad predominante no impregna a todos por igual, todos vivimos a su amparo, por eso hay que disociar la masculinidad del valor, el honor, el dominio, la agresión, la competitividad, el éxito o la fuerza, aspectos de cuya caricatura se originan muchas conductas violentas”, señalan en España los hombres que participan del Programa Hombres por la Igualdad.

El hombre utiliza este tipo de conquista como una manera de reafirmar su propia autoestima. Lograr seducir a una mujer joven le permitirá destacarse ante sus pares.

Pero es cierto que la relación tiene dos términos y será pasible de un análisis o al menos un señalamiento buscar a qué imaginario en las mujeres remite la posibilidad de convertirse en la esposa, la novia o la compañera de un hombre que supera en varias decenas su edad.

Protección y seguridad pueden aventurarse como respuestas posibles, cualidades que a la vista de las historias mencionadas al comienzo del artículo se convierten al menos en componentes de una relación violenta.

Un hombre que necesita sentirse seguro con la aprobación de los demás por sus conquistas, posiblemente hará cualquier cosa para mantener la imagen de hombre ganador. Los celos, el control excesivo, la obsesión, podrán aparecer sin dificultad.

'Es un enfermo de celos. Decía que había una carta de por medio, que había un compañero de colegio; pero la carta nunca apareció. La celaba hasta con el propio hermano', declaró una amiga de Daniela Araujo que murió luego de varios días de agonía en el hospital Evita Pueblo, de Berazategui, a raíz de los golpes y torturas a las que fue sometida por su compañero con quien convivía desde hacía cuatro meses.

Es solo un ejemplo, es cierto, pero abre el interrogante

La historia de Cecilia Romano Barraza fue comparada con la de Cenicienta por los medios de Santiago del Estero. “La historia de amor que unió a la 'cenicienta' santiagueña con el adinerado sexagenario tucumano se desarrolló a lo largo de tres años, comenzando en 2004, cuando Bernardo Pastorino, un acaudalado agricultor, terrateniente, radicado en el sur de Tucumán, conoció a Ana en casa de una familia amiga en la ciudad de Santiago, donde ella trabajaba como empleada”, se decía desde Panorama.com.

La Cenicienta del popular cuento de hadas superaba la injusta opresión de su madrastra y sus hermanastras con los dones que un hada le otorgaba para asistir al baile donde conocería a su príncipe azul, quien la convertiría en princesa dejando atrás su vida de sufrimiento, postergación y humillaciones.

En la vida real las diferencias y las distancias no se transforman a través de dones, mientras las diferencias sigan perdurando como jerarquías la posibilidad de una vida libre de violencia para las mujeres será un derecho a alcanzar.

Enlace a Nota Original en Artemisa Noticias

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