Curso 2017 "Formación Interdisciplinaria en Violencia Familiar"

Comienzo:
Jueves 3 de Agosto
a las 18.30hs
Del Maltrato Infantil a la Violencia Conyugal
2º Curso de Formación

Comienzo:
Martes 8 de Agosto
a las 18.30hs
Vivencias y testimonios sobre violencia familiar
TEMARIO vivencias CURSOS ACTIVIDADES
Un día con un juez de violencia contra la mujer

Y la víctima protegió al agresor. La tensión emocional de las denunciantes dificulta los juicios de violencia sexista. "Le denuncié otra vez, pero fui tonta y quité la denuncia. Creí que iba a cambiar". Los casos de denuncias falsas para perjudicar a la pareja "son una anécdota", dice el juez

Por Jorge Garaventa

"Tengo miedo". J. C. es nigeriana, joven, alta. Tiene el entorno de su ojo izquierdo morado. Se percibe que a causa de un golpe reciente. Su mirada es dura y su gesto expresa rabia. Sobre su regazo y entre sus brazos sujeta a su hijo pequeño; un bebé que maneja con sus diminutas manos un enorme biberón que intenta saborear acercando su boca a la tetina. Lo consigue a ratos, mientras algunas gotas de leche caen en los brazos y pecho de su madre. Su otro hijo, de unos cinco años, revolotea por la sala, mientras su letrada intenta entretenerlo animándolo a dibujar sobre la mesa que preside el magistrado José María Gómez Villora.

"Yo sólo quiero que no se acerque a mí, pero no quiero que entre en prisión", dice con un inglés básico que traduce al juez un británico contratado para la ocasión. Ella llamó a la policía y denunció a su pareja este último fin de semana porque, según el atestado, le había pegado. Dice que viven juntos "desde África, desde 1996". Informa también de que él es el padre de sus hijos y que es también "el que trae dinero a casa".

"No quiero que vaya a la cárcel", insiste. El juez, con delicadeza exquisita y mientras el mayor de los niños sigue corriendo por la sala, le informa de sus derechos, de que puede no declarar contra su agresor, de que ella no puede decidir si irá o no a prisión, y de que se cursará una orden cautelar de alejamiento. "¿Le golpeó él en el ojo?". "Sí", afirma. "¿Era la primera vez?". "No".

Son las doce de la mañana del lunes. Es la segunda víctima de violencia machista que presta declaración ante José María Gómez, titular del juzgado de violencia sobre la mujer número 1, el primero que se creó en Valencia.

Este magistrado de 41 años, que permite a La Vanguardia ser su sombra durante un día, ha iniciado su jornada a las nueve leyendo los casos que le han llegado: siete. "Son todos del fin de semana, de los juzgados de guardia; pero a lo largo de la mañana puede llegar alguno más", advierte. Su trabajo concluirá ya casi a las cinco de la tarde, con la toma de declaración a los agresores detenidos, en los calabozos. "¿Tiene usted claro que no puede acercarse a ella en doscientos metros, ni llamarla, ni ponerse en contacto con ella por ningún medio?", anuncia el juez a J. P., también nigeriano y presunto agresor de J. C., que queda en libertad.

En ese día ningún caso reviste una gravedad extrema, pero en todos se palpa un drama que va más allá de la agresión física. "Yo siempre estaba apartada en un rincón". Habla A. G., una mujer también joven, de fuerte complexión.

Es funcionaria del área de Seguridad del Estado y sorprende que, a pesar de su trabajo, le tiemblen las piernas. Llora y se siente humillada por su marido. "Golpe, patada y al suelo", relata. No era la primera vez. En el año 2004, en Valladolid, ya llevó a juicio a su pareja, pero al final no quiso declarar. "¿Por qué?", le pregunta el juez. "Creía que iba a cambiar y nunca lo ha conseguido", añade, entre sollozos.

El juez observa que lleva una venda en la mano izquierda. "¿Le hizo él eso?". "Sí, me cogió y me retorció el brazo". Al parecer, relata A. G., él se enfadó cuando ella protesto porque su marido tenía relación con otra mujer. La amenaza de agresión quedó registrada en mensajes de teléfono."¿Los tiene aún?". La mujer los muestra. "Quiero que la vea nuestro forense,¿le parece bien?; por cierto, ¿sabe que tiene derecho a exigir una indemnización por los daños sufridos?". A. G. alza el rostro, con orgullo, y afirma: "Yo no quiero ninguna indemnización".

La humillación previa a la agresión, la reincidencia, la chulería. El caso de M. E., una mujer de muy escasos recursos económicos, tiene todos estos ingredientes. "Me llamó inútil por tener 58 años", señala. Se trata de una mujer analfabeta, que lleva tiempo acudiendo a clases de adultos para "saber leer y esas cosas; pero él me decía que no servía para nada". Le tiemblan las manos. No puede, siquiera, sujetar el vaso de agua cuando relata la escena: "Así, así, con la mano abierta, plas, me dejó los dedos marcados y me fui corriendo a buscar a la policía en la calle". Su letrada intenta calmarla; y ella casi se desmaya antes de entrar en la sala. Se repite la historia. No era la primera vez. Ya le ocurrió en el 2004. "Me sacó una espada de samurái; pero fui tonta y quité la denuncia". "¿Por qué?", insiste el juez."Es que creí que iba a cambiar; pero cuando bebe es otro", subraya, descompuesta. "Estoy aterrorizada", añade. "No tengo casa, ni muebles, ni dinero; pero que lo metan en prisión y que no se acerque a mí por favor", le implora al juez. Horas más tarde, en el calabozo, José María, con cara de pocos amigos, le señala al detenido que, a esta mujer, ni mirarla.

En sólo una mañana, el abanico de casos refleja un mundo de matices, de sentimientos encontrados, de las enormes dificultades de unas mujeres que han dado el paso y de cómo debe afrontar un juez situaciones extremadamente delicadas. "Esto no es un robo de un coche; a veces lo más fácil es mandar a un hombre a prisión", dice el juez. Advierte también que el caso de denuncias falsas "es sólo una anécdota".

Pero el día deparará una sorpresa. Se trata de L. C., una joven ecuatoriana, embarazada. "Yo le provoqué", dice. "¿Entonces, ese morado en la cara no se lo hizo él como usted denunció?". "No, qué va, soy yo, que me caí de la cama, él es incapaz de pegarme, hice como que me caí". "¿Sabe usted que se van a abrir diligencias contra usted por falso testimonio?". "Sí, sí, peroél no me hizo nada". "¿Le han amenazado para que no declare contra él?"."No", dice, rotunda. El juez desconfía, pero es su declaración, y no puede hacer nada. Su pareja está en el calabozo. Acaba el día. El letrado del detenido le pide que se acoja a su derecho de no declarar. Pero resulta que dice que sí, que quiere hablar al juez. "Yo la empujé y ella me tiró un jarrón". "¿Ves?, señala el juez, ahora él reconoce el delito; al menos, a ella no la acusarán ya de falso testimonio", concluye, con semblante agotado.

La ley será muy eficaz, pero necesita tiempo"

"Se equivocan aquellos que creen que la ley no es efectiva", afirma el magistrado José María Gómez Villora. "La prensa airea, con razón, las víctimas mortales; pero cada día miles de mujeres en España se acogen a una ley que las protege como nunca antes.

Las muertes se reducirán y todo el trabajo que estamos haciendo dará sus frutos porque esta ley, aunque le falte alguna cosa, es buena y será muy eficaz. Sólo necesita tiempo", destaca Gómez Villora. Este magistrado goza de un gran prestigio entre sus compañeros de profesión en Valencia.

En su juzgado, además, se huele humanidad. En una sala se atiende a las víctimas antes de prestar declaración. "Los juguetes para los niños los han traído mis funcionarios", señala, mientras los hijos de una víctima se entretienen con peluches y muñecos.

Y cuando una mujer se desmorona al ir a declarar, todos se movilizan para ayudarla. Pero Gómez Villora cree que falta más educación para luchar contra la violencia doméstica. "Aún estoy esperando que me llamen de un colegio, de un instituto o de cualquier otro lugar para dar una charla a los jóvenes sobre violencia contra la mujer", observa.

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